Colombia: un nuevo inicio para los venezolanos que huyen de la crisis

Miles de venezolanos buscan un medio para sobrevivir en Colombia. Aquí los testimonios de Andrés, Simón y Jhon, tres inmigrantes que construyen una nueva vida en este país.

Producto de la crisis que inició en Venezuela en 2013 y que se agravó a mediados del año pasado, al menos 550.000 venezolanos han llegado a Colombia, una cifra que supera en un 62% los registros de 2016.

En medio del impacto social, económico y de seguridad, las acciones del Gobierno colombiano para hacer frente a esta emergencia y las declaraciones políticas de cada lado de la frontera, hay historias inspiradoras.

‘Los Chamos, arepas venezolanas y algo más’

Andrés Sánchez, de 21 años, dejó su casa en el estado Mérida en abril de 2014 para encontrarse con su mamá. Ella había llegado a Medellín dos meses antes en busca de un mejor futuro para sus tres hijos y su esposo.

“No quería estudiar en Venezuela porque no había futuro”, comenta.

Esta mujer, al igual que miles de venezolanos, perdió su trabajo y empezó a sufrir las consecuencias de la recesión económica de la República Bolivariana.

A su llegada a Colombia, Andrés empezó a estudiar con ahorros de su madre en la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), una de las más costosas de la ciudad.

Pero debido a la dificultad para cubrir los elevados gastos académicos, tuvo que abandonar las aulas. En ese momento vio la necesidad de buscar recursos adicionales.

En agosto, este joven y su mamá invirtieron su dinero para comprar una plancha móvil, unos cuantos ingredientes y varios kilos de harina para vender el producto “que mejor saben hacer los venezolanos”: arepas.

El primer día hicieron unas 30 arepas. Andrés salió a las calles para regalarlas y darlas a conocer, pero tal fue el éxito que las personas a las que les ofreció pagaron por todas.

Al ver el resultado, Sánchez decidió continuar y probar suerte. Con el paso de los días, se hizo conocido y lo empezaron a llamar como ‘El Chamo’. Hoy, con su familia entera, tienen un restaurante llamado ‘Los Chamos, arepas venezolanas y algo más’, que visitan alrededor de 300 personas al día.

El próximo semestre Andrés retomará la universidad para estudiar Comunicación Empresarial, y dice, con emoción, que se queda en Colombia.

“Me siento un rolo más”

Otro caso es el de Simón Peña Ferrer, de 29 años y oriundo de Maracaibo, una ciudad en el noroeste de Venezuela.

“El sueldo no me alcanzaba para nada, apenas para pasajes y comida, pero nada más, y eso que ganaba casi dos veces el salario mínimo”, recuerda.

Su sueldo era de unos VEF 200 mil mensuales, que a precio de hoy y teniendo en cuenta la devaluación de la moneda venezolana, son aproximadamente USD 2 al mes.

Debido a la agudización de la crisis económica, este joven barbero dejó su país y llegó a Bogotá el 12 de enero de 2016.

Actualmente vive con un amigo al occidente de la capital colombiana. A diario se desplaza unos 12 kilómetros hasta su trabajo, una peluquería en un centro comercial del sur de la ciudad, donde un gran número de clientes lo prefieren: incluso hacen fila para esperar que los atienda.

En Bogotá no tiene familia. Pero su hermana, que es manicurista, decidió seguir el mismo camino y viajó a Medellín en noviembre pasado.

Peña Ferrer dice estar muy a gusto en Colombia y afirma que “ha sido muy buena la receptividad en todos los lugares a los que ha ido”.

Ahora gana un poco más del sueldo mínimo local, cerca de USD 270. Con lo que recibe, le paga la universidad a su hermano menor, le ayuda “con lo que pueda” a su hermana y le envía dinero a sus padres en Venezuela.

“Me voy a quedar a vivir acá, me siento un rolo (bogotano) más”, afirma con una sonrisa.

De vendedor de arepas a reportero en Bogotá

Otro de los tantos venezolanos que han hecho múltiples actividades para sobrevivir en tierras colombianas es Jhon Lindarte.

Este joven, de padres colombianos, tuvo que abandonar su país en marzo de 2016 debido a la crisis económica. Junto con su familia vivía en uno de los barrios más pobres del este de Caracas, La Palomera, similar a una favela en Brasil.

Jhon, de 26 años, afirma que uno de sus principales objetivos era progresar y salir de esa zona. Sin embargo, lamenta que luego de alcanzar una de sus grandes metas, graduarse con honores como periodista de la Universidad Central de Venezuela (UCV), la más antigua e importante del país, su salario no le alcanzara para comprarse “ni un par de medias”.

“Llegó un punto en el que yo ganaba seis sueldos mínimos y no me alcanzaba al final de mes ni para un par de medias. Todo se iba en comida porque era excesivamente cara”, asegura.

Esta situación lo obligó a irse de Venezuela, y su única posibilidad era Colombia.

“Tomé la opción real que tenía, que era Colombia, aunque me hubiera gustado mucho emigrar a España, Argentina o Chile, pero la realidad era que no tenía dinero suficiente, no tenía quién me recibiera, y tercero, no tenía la posibilidad de tener un estatus legal como sí lo tenía acá”.

Con mucho esfuerzo compró un pasaje aéreo desde Valencia, estado Carabobo, y llegó solo hasta Medellín, donde lo acogieron unos familiares.

“Yo me vine con esa zozobra y angustia de que la situación empezó a deteriorarse cada día más”, manifiesta.

Jhon preparó y vendió arepas venezolanas, trabajó en una encuadernadora y posteriormente como gestor de redes sociales. Con el dinero que ganaba, logró enviar quincenalmente “una bolsita de comida con lo básico” y con medicamentos para su mamá.

Luego de conflictos con su familia, que lo había recibido en Medellín, “como les pasa a muchos venezolanos que son acogidos”, decidió rentar una habitación para vivir solo. Esta situación, sumada a las extensas jornadas de trabajo y al bajo sueldo, le generó una fuerte depresión.

Sumido en la tristeza, conoció sobre una convocatoria laboral por Facebook para el canal de noticias NTN 24 en Bogotá y envío su hoja de vida. Dos meses después recibió una llamada de su actual jefe, también venezolana, para notificarle que cumplía con los requisitos. Gracias a que tenía cédula colombiana, su proceso se facilitó y tres días después dejó todo en Medellín para viajar a la capital, donde fue contratado como reportero de dicho medio de comunicación.

Su depresión se superó únicamente cuando su mamá cruzó caminando la frontera colombo-venezolana y llegó a la ciudad de Cúcuta. Después de tres meses, pudo reencontrarse con ella y ahora viven los dos en un barrio del suroccidente de Bogotá.

Toda su familia salió de Venezuela: dos de sus hermanos también están en Colombia, uno está en Chile y otra en España.

“Una familia que siempre estuvo unida, ahora está separada. Lamentablemente esta realidad no es particular nuestra sino de muchísimos venezolanos que han partido sus familias en dos, tres o cuatro partes”, lamenta.

Cuando llegó a Colombia, este periodista abrió un blog en el que cuenta su historia y ayuda a otras personas.

Como Andrés, Simón y Jhon, hay miles de venezolanos que día a día buscan un medio para sobrevivir en Colombia: desde entrenadores en grandes cadenas de gimnasios, increíbles voces que se escuchan en las calles y en el transporte público hasta cocineros, entre otros.

Y si en alguna calle colombiana se escucha la siguiente frase, ya sabrán de qué se trata: “por mi acento, ustedes notarán que no soy de acá, soy venezolano”.

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