El silencio de la violencia sexual en Buenaventura, Colombia

La Fiscalía de la ciudad recibió al menos 130 denuncias de violencia sexual en 2017. Víctimas y ONG piden soluciones reales para lograr una mejor atención médica, psicológica y judicial.

A pesar de tener un puerto a orillas del Océano Pacífico, por el que sale el 60% de las exportaciones legales de Colombia, Buenaventura ha sido durante años escenario de la desigualdad, la pobreza y la violencia de distintos tipos. Por su posición estratégica para las exportaciones de cocaína y otros ilícitos, la ciudad-puerto es codiciada por diversos actores armados. Allí han ocurrido duros enfrentamientos entre guerrillas, bandas criminales y fuerza pública.

En medio de esto, la violencia sexual resalta como un crimen callado y las víctimas coinciden en que este problema está lejos de ser resuelto. En 2017, la Fiscalía de Buenaventura recibió 130 denuncias por violencia sexual. La organización Médicos sin Fronteras (MSF), por su parte, hizo 328 consultas en salud física y mental a víctimas de violaciones durante el mismo periodo. Ambas entidades saben, sin embargo, que hay muchos más casos que no recibieron atención médica ni denunciaron, y que probablemente nunca lo harán.

Ese es el caso de Claudia Ramírez*, habitante de uno de los barrios donde se ven casi a diario casos de violencia. Ella cuenta que sintió que el mundo se le venía encima cuando su hermana de 17 años, quien tiene una discapacidad cognitiva, fue víctima de una violación cuando se encontraba sola en la casa.

Mientras Claudia crecía, su mamá, cabeza de hogar, debía trabajar largas horas para mantener a siete hijos, entre estos dos niñas con discapacidad cognitiva. Los pequeños se quedaban solos en la casa durante mucho tiempo. Aunque los mayores ya han crecido y se fueron de la casa materna, las dos hermanas jóvenes con necesidades especiales siguen en la casa de su mamá.

“Vi que mi hermana quedó en embarazo y un día le pregunté qué pasó. Ella me contó que la habían violado. Yo decidí poner la denuncia”, dice Claudia. Añade que se le dificulta ayudar a cuidar a sus hermanas con discapacidad porque tiene dos hijos, no tiene trabajo y depende económicamente del papá de los niños. Solo el hecho de iniciar un proceso penal se le hacía un desafío insuperable. “Yo me sentí como acorralada. A uno le dan ganas de no existir en ese momento como para no ver tanta injusticia, tanta maldad”.

Aun así, Claudia inició el proceso. De la Fiscalía la remitieron a Médicos sin Fronteras, donde le brindaron atención médica y psicológica. Mientras la familia pasaba por el tratamiento en salud, la Fiscalía tomó diferentes testimonios, pero como las únicas que estaban en la casa cuando sucedieron los hechos eran las dos mujeres con discapacidad cognitiva, la investigación no dio resultados concluyentes para identificar e imputar cargos al responsable.

Claudia afirma que el tratamiento la ayudó a ella y su hermana a sobreponerse a la crisis, pero vive con miedo de que le vuelva a pasar algo a su familia, a sus dos hermanas con discapacidad, ya que siguen pasando muchas horas en la casa solas. “Si tuviéramos un buen trabajo que nos dejara tiempo para ver a nuestros hijos sería mejor”, opina.

La delicada tarea de curar las heridas de la guerra

Como la hermana de Claudia, hay cientos de víctimas en Buenaventura, pero hablar se les hace difícil. Algunas lloran y aprietan las manos con solo recordar los hechos o miran hacia abajo, en silencio. Otras dicen que les costó darse cuenta de que su marido es el victimario.

El doctor Jonathan Prieto trabaja en MSF y lleva dos años en Buenaventura atendiendo a decenas de mujeres, niños y niñas violadas y agredidas.

“Cuando las Farc salieron de Buenaventura, entendimos que iban a llegar otros actores armados a intentar apropiarse de la zona. Decidimos enfocarnos en las secuelas psicológicas de la violencia y las agresiones sexuales”, explica Prieto.

Él fue parte del equipo de MSF que inauguró el proyecto de Otras Situaciones de Violencia, es decir, aquellos problemas que aunque no están directamente ligados al conflicto armado, crean crisis humanitarias.

“Sobre los perpetradores hemos notado un aumento de los actores armados y que son identificados por las víctimas. Y hay otro grupo de perpetradores que los sobrevivientes no alcanzan a identificar, pero si uno entra a indagar y por la interpretación del testimonio del sobreviviente, a veces se puede inducir que son participantes de grupos armados”, añade Prieto.

Entre los casos que atendió MSF en 2017, el 66% de los violadores fueron familiares de las víctimas, el 14% parejas o exparejas de ellas, el 7% actores armados y el 13% desconocidos, que en muchos casos iban en grupos y estaban armados.

Los retos por superar

La desconfianza de los ciudadanos hacia el Estado también es un problema. Muchos no denuncian y si lo hacen, luego no continúan con el proceso, explica el fiscal Alejandro Cruz, especializado en resolver casos de violencia sexual. Esa es una de las razones, según Cruz, por las que el ente acusador solo logró 37 imputaciones en 2017, no solo entre las 130 denuncias que se interpusieron en 2017, sino de procesos que estaban retrasados desde 2006.

Buenaventura, además, no tiene un sistema de salud mental eficiente. A los pacientes que les prescriben psicoterapia muchas veces los remiten a Cali, lo que implica un viaje de tres horas, pero las EPS no se hacen cargo del transporte.

“Todo el proceso queda en la parte administrativa, no pasa a la realidad”, explica Prieto. Añade que su organización a futuro busca evidenciar, a nivel nacional, las falencias que hay en Buenaventura en materia de salud mental, en acceso a la interrupción del embarazo y en la lucha contra la violencia sexual.

“La violencia hacia las mujeres, niños y niñas se nos ha desbordado”, dice Luz Edith Arteaga, subcoordinadora del Observatorio Social del Delito de la Alcaldía. Explica que se realizarán jornadas en diversos barrios para dar más información sobre las entidades del Estado que pueden intervenir en caso de asaltos o crímenes sexuales.

En 2018, una de las metas de la Alcaldía es abrir una casa refugio, secreta y segura, para que las mujeres violentadas puedan vivir durante un tiempo y tengan la tranquilidad de denunciar los crímenes sin temor a represalias.

*El nombre de la sobreviviente fue cambiado por seguridad.

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